Enseñar a destruir
Pompeya es famosa porque la erupción del Vesubio la sepultó en pocas horas. Al quedar enterrada bajo metros de ceniza, nadie volvió a construir sobre ella y permaneció extraordinariamente conservada hasta su redescubrimiento. Para arqueólogos e historiadores fue un regalo inesperado: una ciudad detenida en el tiempo.
Con Olinto, una de las ciudades más prósperas de la Grecia clásica, ocurrió algo parecido. También quedó reducida a ruinas y nunca volvió a levantarse una ciudad importante en ese lugar. Pero esta vez no fue un volcán. Fue Filipo II, el padre de Alejandro Magno.
Tras un largo asedio, Filipo contemplaba una de las ciudades más ricas de la Calcídica convertida en escombros. Había vencido. Había derribado sus murallas. Había destruido, en unas pocas horas, una ciudad que había tardado generaciones en levantarse.
Orgulloso de su victoria, comenzó a jactarse delante de quienes lo rodeaban.
—He destruido por completo Olinto.
Entre los presentes había un espartano. Esperó que terminara de hablar y respondió con una sola frase:
—Sí. Pero jamás habrías sido capaz de construir una semejante.
Destruir una ciudad puede exigir fuerza, estrategia y un gran ejército. Pero construirla exige algo mucho más raro: imaginación, paciencia y generaciones enteras de trabajo.
Veinte siglos después, Giambattista Vico, un filósofo napolitano del 1700, vio que la educación estaba cometiendo un error parecido. Europa se había enamorado del método de Descartes y eso se derramaba en la educación formal: ahora se enseñaba a dudar, a analizar, a desmontar cualquier argumento. Sin quererlo, se estaba enseñando antes el arte de demoler que el de construir.
Vico no rechazaba el pensamiento crítico. Pero le preocupaba enseñarlo demasiado pronto. Escribe una frase genial:
«La crítica ciega la fantasía y sepulta la memoria.»
Y sin fantasía ni memoria no hay creatividad. Antes de aprender a señalar los defectos de una obra, hay que haber intentado crear una. Antes de enseñar a refutar un discurso, hay que aprender a escribirlo. Por eso proponía empezar por la poesía, la historia, la pintura y la oratoria.
El pensamiento crítico es indispensable. Pero llega después.
Porque quien aprende primero a destruir corre el riesgo de no aprender nunca a construir. Levantar una ciudad —o una idea— siempre será más difícil que derribarla.
Este pensamiento es de Cristian Carman, queien escribe a través del instituto baikal sus perlas de filosofía a las que estoy suscrita, porque siempre hay una reflexión interesante que me gusta compartir
En un mundo donde a golpe de tecla podemos criticar e incluso destruir todo el trabajo de alguién ,el hacerse esta pregunta es fundamental: ¿Podrías construir aquello que criticas?
Creo que más que aplicar empatía ( que también),deberíamos hacer autocrítica y una buena dosis de humildad. Eso siempre nos da perspectiva, reflexión, distancia y sobre todo, humanidad.

